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martes, 25 de agosto de 2020

Azar, estrategia y psicología: una ida y vuelta entre el póquer y la economía

            Introducción a la estrategia en las mesas con un máximo de 6 jugadores

"No hay casualidades, sino causalidades", insisten en decir los defensores de la responsabilidad humana, convencidos de que las contingencias pueden dominarse. Después de todo, no es fácil encontrar dispositivos totalmente aleatorios. El lanzamiento de un dado, la mezcla de un mazo o la función "aleatorio" del Excel son meras aproximaciones. Objetivamente, solo existe la verdadera incertidumbre en el nivel cuántico, muy lejos de nuestra realidad diaria.

La dificultad humana para construir mecanismos aleatorios convenció a varios de que se podía vencer a la ruleta sin ninguna martingala mágica. Los físicos, que siempre supieron esto, empezaron desde temprano la carrera para conquistar la rueda de la fortuna. A fines de los años 40, el físico Albert Hibbs analizó la mecánica de las ruletas y desarrolló modelos predictivos. Ganó mucho, pero cometió un error definitivo cuando comentó sus hallazgos en televisión y advirtió a los casinos.

Edward Thorp y Claude Shannon (pionero de la teoría de la información) estudiaron el lanzamiento de la bola por parte del croupier, y determinaron patrones explotables, pero prefirieron el reconocimiento académico. En cambio, el astrofísico Doyne Farmer acudió a los casinos con las mismas técnicas, y usando, al modo del Superagente 86, una minicomputadora en su zapato, obtuvo jugosas ganancias. Más conocido fue el intento de un profesor y alumnos del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, según sus siglas en inglés) de hacer saltar la banca en el BlackJack. Un libro y una película protagonizada por Kevin Spacey (21 Blackjack) narraron la idea, que era bastante simple: contar las cartas, esperar una tirada larga con cartas favorables a la banca y empezar a apostar tras ella.

La mala noticia es que, en el largo plazo, pelear contra la banca es inútil, porque casino que pierde, casino que cierra. Una alternativa es apostar contra otros humanos, como en el póquer. Según contó en una conferencia Aaron Brown, especialista en finanzas y viejo lobo de las cartas, este juego se desarrolló entre 1800 y 1880 en el lejano noroeste americano, donde predominaban la soledad y la violencia.

Pero en lugar de reproducir holgazanería, vicio y borracheras, el póquer parece haber ayudado a la región, que produjo negocios prósperos y grandes fortunas. Parece que en cada juego las ganancias y pérdidas se anotaban en registros estandarizados, creando créditos para el ganador, que en lugar de efectivo se llevaba un papel con una promesa de pago. Estos "cheques" eran usados a su vez para participar de una inversión, o cambiarlos por bienes. El inesperado resultado fue una activación de los negocios.

No fue el único efecto económico positivo del póquer. En una época en que las deudas se pagaban hipotecando toda riqueza disponible, las ganancias de póquer no eran reclamables porque no provenían de una actividad legal. Y también están los contactos. Las largas noches de apuestas eran ideales para crear conexiones sociales. Cuando se comparte, como le pasó a Brown, una mesa con George W. Bush y Bill Gates, las oportunidades no suelen desaprovecharse.

El póquer moderno quizá no ayude demasiado a la economía, pero para Maria Konnikova resultó una experiencia personal única. Konnikova es psicóloga y escritora, y si bien nació en Rusia, vive desde los cuatro años en Estados Unidos. Leyendo un libro sumamente abstracto de teoría de los juegos de Von Neumann y Morgenstern, se sorprendió cuando en el capítulo 19 aparecieron varias aplicaciones al póquer. Esto la decidió a aprender a jugar para comprender mejor las decisiones humanas, su tema de cabecera. En su último libro, The Biggest Bluff (el "bluff" en póquer es el equivalente a cantar retruco con dos cuatros), Maria cuenta su meteórico ascenso. Con la ayuda de Erik Seidel, una leyenda del juego, pasó en apenas un año de no saber cuántas cartas tiene un mazo, a ganar un torneo grande con un premio de 85.000 dólares.

Pero Konnikova nunca perdió de vista su verdadero interés. El póquer es un juego único porque combina azar, capacidad técnica y psicología. Y gana el que logra resignarse a lo primero, trabajar duro en lo segundo y lograr buenas intuiciones en lo tercero.

Reconocer el azar y controlar las emociones es fundamental para poder realizar un análisis frío de las decisiones a tomar. Maria describió en su libro Cómo pensar como Sherlock Holmes las técnicas del famoso detective, un paradigma del desapego de las sensaciones y el apego a la lógica. Sentada a la mesa de póquer, Konnikova debió lidiar no solo con sus emociones, sino con los constantes ataques de género. El 97% de los jugadores son hombres, y, entre lances, bravuconadas y desprecios, su gran desafío fue lograr abstenerse y concentrarse en su estrategia. También debió luchar contra un sentimiento propio de querer agradar, lo que la volvía menos agresiva en sus apuestas.

El póquer moderno se volvió una actividad más técnica que lúdica. Las mesas se llenan de jóvenes calculistas que aplican la teoría y la estadística para hacer la jugada óptima en cada mano. Claro que cuando el conocimiento de la técnica es generalizado, el pozo se lo lleva quien tiene más suerte.

Aun así, en la práctica todavía hay gente dispuesta a divertirse arriesgando (y perdiendo) su dinero.

Como afirma la teoría económica, la utilidad del dinero es menor cuanto más rico es el individuo, lo que predice que habrá muchos "pescados" dispuestos a jugar sin preocuparse y ser atrapados por los profesionales. Varios millonarios famosos han provisto sustento a los jugadores experimentados, pero el caso más resonante es el del fundador del Cirque du Soleil, Guy Laliberté, de lejos, el jugador que más dinero perdió jugando póquer online. Y, si bien cedió la friolera de 31 millones de dólares en siete años, ese monto equivale apenas al 3% de todo su patrimonio.

Finalmente, la psicología también juega. Quienes desean evitar que se detecten sus emociones lucen anteojos oscuros, tapan sus oídos con auriculares (como hace Konnikova) y hablan lo estrictamente necesario. En cambio, los ostentosos pretenden intimidar con su imagen, con su charlatanería permanente y con sus amenazas. El ejemplar más peculiar es quien finge no conocer el juego, para luego pescar incautos con apuestas en apariencia desatinadas. Vale preguntarse si es posible explotar estos comportamientos para acumular fichas.

En un juego donde el bluff es vital, el protagonista de Lie to Me, aquel detective que mirando gestos adivinaba si se mentía o no, debería hacerse un festín. Las técnicas de la serie han sido puestas en duda por la ciencia, pero algunos experimentos modernos trajeron una sorpresa. El profesor Michael Slepian, de la Universidad de Columbia, halló que es posible cazar mentirosos, pero que para hacerlo se debe mirar menos la cara y más los movimientos del cuerpo, en especial de las manos. Como ocurrió con los físicos pioneros que trataron de domar el azar sin interés en hacer dinero, Slepian también publicó sus estudios, invitando a los jugadores a trabajar para limitar estas señales comprometedoras.

Extremar la técnica estadística, controlar las emociones, conservar una apariencia lo más neutra posible. Una tendencia que podría dejar el placer del póquer solo para aquellos que no tienen demasiado que perder, y que todavía disfrutan de la esperanza de creerse capaces de vencer al azar.

Pablo Mira
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lunes, 13 de abril de 2020

¿V, L, W, Z o Ypsilon? Los economistas discuten el abecedario de la Covid-nomics


Fuente: AFP

Algo inusual: los economistas por un rato dejan de discutir de números y se concentran, en cambio, en letras. Para algunos expertos, como el exsecretario del Tesoro de Estados Unidos Lawrence Summers, la recesión impulsada por la pandemia tendrá forma de "V": caída abrupta al principio y luego recuperación, una vez que se termine la cuarentena, ya que no se trata de una depresión tradicional, sino más bien de lo que Paul Krugman denominó un "coma inducido". Para otros, como el propio Krugman o los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, se tratará de una depresión prolongada, sin rebote en el corto plazo, más parecida a una letra "L".

Hay quienes sospechan que la dinámica de "serrucho" entre restricciones y casos de Covid-19 en los próximos meses (se relaja la cuarentena, aumentan los contagios, se vuelve a restringir, y así) llevará a una eventual recuperación en "W", a la par de estas idas y vueltas (ese es uno de los escenarios que dibuja la consultora McKinsey). Azeem Azhar, de Exponential View, propone una "Z tridimensional", con una recuperación que no llevará al punto de retorno, sino que irá por otra avenida por el cambio estructural que se producirá en el medio.

"Yo creo que vamos a ver una letra intermedia entre la 'V' y la 'L', una suerte de letra griega 'Ypsilon' ()", opina el economista argentino y director de la Escuela de Gobierno de la UTDT, Eduardo Levy Yeyati. "Es cierto que en principio se suspende la actividad. Y cuando todo se reanude, no tendría por qué ser distinto el panorama. El problema es que en el medio se 'rompen' cosas: se pierden empleos (que no se recuperan, por lo cual no se vuelve al nivel en el que se estaba), hay empresas que quiebran, se rompen contratos y empeoran las expectativas", agrega.

La dificultad de las expectativas deterioradas le pega a la Argentina y a su posibilidad de conseguir inversión o financiamiento, pero también le pega a sectores a nivel global, como el caso de las aerolíneas o las cadenas de hoteles, en tanto esta "danza" (como la calificó una nota en Medium) de apertura de restricciones-rebrote pandémico-vuelta a cerrar (como sucedió la semana pasada con Singapur) se prolongue por varios meses. "Vamos a ver, por ejemplo, muchas nacionalizaciones de líneas aéreas; el Estado va a tener que inyectar dinero a cambio de acciones y luego revenderlas cuando todo pase", especula Levy Yeyati.

Este "abecedario" de la trayectoria de la crisis que se discute tiene que ver con una recesión o depresión que no tiene referencias históricas similares. Reinhart, en una entrevista que le dio la semana pasada al periodista de Clarín Ezequiel Burgo, sostuvo que lo más parecido para tomar como base es la Gran Depresión del año 30: "Encontramos que los niveles de volatilidad [en Wall Street] de hoy no se ven desde 1929; superaron ya los que se registraron en las crisis de emergentes de los 90, tras la caída de las Torres Gemelas en 2001, y en la recesión global de 2009", sostuvo la académica, que trabaja en tándem con el ex funcionario del FMI Rogoff, el economista con ELO (puntaje de ajedrez) más alto del mundo.

Levy Yeyati va más lejos y piensa que no hay punto de comparación con ninguna otra crisis en la historia del capitalismo moderno. Es una "especie" de recesión nueva, desconocida, y caracterizarla bien será central para acertar con las herramientas que ayuden a superarla lo antes posible. Días atrás, el economista argentino Iván Werning, junto con sus colegas Verónica Guerrieri, Guido Lorenzoni y Ludwig Straub, publicaron una investigación de alto impacto en el ámbito académico y en el de políticas públicas (fue muy elogiada por el propio Krugman), en la cual muestran que un shock negativo de oferta como el que está ocurriendo puede llevar a una recesión por deficiencia de demanda.

Para Levy Yeyati, la cuenta del costo de la crisis económica del Covid-19 ya está en el orden del 1,5%-2% del producto global. En la Argentina, la caída este año podría llegar al 5%. La herramienta disponible sin financiamiento a nivel local pasa por la emisión monetaria. "Es muy difícil determinar cuál es el límite de dinero emitido que dispara una corrida inflacionaria mucho mayor, porque hoy no podemos medir precios, y su dispersión es enorme", dice. El profesor de la UTDT y de Harvard cree que hay que pedir el remanente de dinero del FMI; es algo que se puede lograr, pero que a nivel operativo va a demorar, con lo cual no es una alternativa ante las urgencias de las próximas semanas.

El resto de América Latina enfrenta restricciones que en algún punto son parecidas. La baja en la nota de calificación de riesgo para países como Colombia (ya a un paso de perder el grado de inversión) limitará la posibilidad de financiar el mayor desequilibrio fiscal con deuda. Y en la región hay un enorme problema de desigualdad y de informalidad, que deja a los instrumentos de protección social limitados a una parte de la población, mientras el resto queda a la intemperie.

La discusión entre "economía y salud" que se dio desde el inicio de la pandemia está llena de trampas y falacias, según opina Levy Yeyati. "En primer lugar, se puede debatir en abstracto, pero en la práctica hay lugares donde la cuarentena es muy difícil de aplicar, por hacinamiento, por violencia doméstica o porque salir a trabajar es una cuestión de supervivencia. Y hay que tener en cuenta que las recesiones también se cobran vidas: los pobres viven menos que los ricos y las crisis macro producen pobreza persistente; la menor inversión en mantenimiento de rutas hace que se muera más gente por accidentes de tránsito, y hay muchos efectos de segundo y tercer orden que se pueden producir".

De alguna firma, sigue el execonomista jefe del Banco Central, la situación se parece al dilema de las vías de tren ("trolley problem"): un tren se dirige hacia un lugar donde hay cinco personas atadas a la vía y si nadie hace nada, morirán. Si alguien gira una palanca, el tren se desvía hacia otro camino en el cual hay una persona atada: un costo menor, pero nadie quiere "decidir" ser el responsable de esa muerte.

¿Habrá sectores que podrán aprovechar esta situación? Levy Yeyati sugiere que podrían ser las empresas de delivery, o los fabricantes de insumos y equipamiento médico si las cosas se hacen bien desde el sector público (activos que deberían persistir una vez que pase la pandemia). No cree, como escribió el columnista del Financial Times Martin Wolf, que esta crisis "acelere la historia" en materia de incorporación más rápida del trabajo remoto. Pero sí considera que hay agendas que surgirán con fuerza renovada: la de establecer estatutos para trabajadores independientes, la de las reformas de los sistemas de salud y la del ingreso universal (en las economías que tengan plata para contemplarlo como una posibilidad).

Levy Yeyati termina la entrevista con LA NACION, en el marco de una clase del Instituto Baikal, y cuenta que se niega a eliminar de su Google Calendar un viaje a Turquía y Grecia que tenía agendado esta semana, para disertar. "Me gusta tener a la vista esta vida paralela alternativa", se ríe. Como en la novela El hombre en el castillo, de Philip Dick, que en 1962 inauguró un género de ficción sobre futuros alternativos (la historia imagina lo que hubiera ocurrido si Alemania y Japón ganaban la Segunda Guerra Mundial).

Levy Yeyati no lee en estos días pensadores de actualidad, ni reflexiones sobre el fin o la reinvención del capitalismo, sino que se refugia en literatura de ficción. Que, tal vez, tenga una mejor capacidad para describir lo que está ocurriendo que el más inspirado de los Hararis.

Sebastián Campanario
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lunes, 23 de marzo de 2020

Yuval Harari y el coronavirus: el gurú futurista alertó sobre los riesgos de un mundo que será completamente distinto después de la pandemia

              Resultado de imagen de pandemia

"En una nota publicada por Financial Times, el historiador israelí asegura que se enfrentan dos opciones sobre cómo combatir la pandemia: vigilancia totalitaria vs empoderamiento de la ciudadanía, y aislamiento nacionalista vs solidaridad global"

En un impactante artículo en la publicación británica The Financial Times, el historiador israelí Yuval Noah Harari reconoce que la humanidad enfrenta una crisis global de grandes dimensiones y alerta que las decisiones que se tomen moldearán nuestras vidas durante varios años y el riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trascienda la emergencia y habilite a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas. Además, critica severamente al presidente de EEUU, Donald Trump, por tomar decisiones unilaterales, lo que dificulta una acción global no sólo para combatir el virus sino también limitar el daño a la economía mundial.

“La humanidad enfrenta una crisis global. Tal vez la más grande de nuestra generación. Las decisiones que la gente y los gobiernos tomen en las próximas semanas", dice el artículo, “... no sólo formatearán nuestro sistema de salud, sino también nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura”.

Por eso, Harari pide “tener en cuenta las consecuencias de largo plazo de nuestras acciones” y preguntarnos “no sólo como superar la amenaza inmediata, sino también en qué clase de mundo viviremos cuando pase la tormenta”, porque “viviremos en un mundo diferente”.

En situaciones de emergencia, alerta el autor de “De animales a dioses”, “Homo Deus” y “21 lecciones para el siglo 21”, decisiones que normalmente llevan años de deliberación se toman en cuestión de horas y tecnologías inmaduras e incluso peligrosas se ponen en servicio porque los riesgos de no hacerlo son aún mayores. Naciones enteras, explica, hacen experimentos de gran escala que ni escuelas o universidades aceptarían tomar en tiempos normales.

Según Harari, las dos opciones más importantes del momento son entre “vigilancia totalitaria o empoderamiento de los ciudadanos” y “aislamiento nacionalista o solidaridad global”.


En la extensa nota, el autor explica que las actuales técnicas de vigilancia permiten a los gobiernos apoyarse en sensores ubicuos y algoritmos en vez de espías humanos y que en la batalla contra el coronavirus se han desplegado nuevas herramientas. Al respecto, da el ejemplo de China, que mediante el monitoreo de smartphones y el uso de millones de cámaras de reconocimiento facial y obligando a los chinos a chequear y reportar su temperatura corporal y condiciones médicas logró detectar no sólo a los portadores del virus sino también trazar sus movimiento e identificar a todos con quienes estuvo en contacto.

Una de las claves del análisis de Harari es que ahora gobiernos y corporaciones tienen a su disposición herramientas antes impensadas. "Si no somos cuidadosos, la epidemia puede marcar un hito en la historia de la vigilancia -advierte- no tanto porque podría normalizar el despliegue de herramientas de vigilancia masiva en países que hasta ahora las han rechazado, sino más bien porque representa una dramática transición de vigilancia ‘sobre la piel’ a vigilancia ‘bajo la piel’”.

Hasta ahora, explica, cuando el dedo de una persona tocaba la pantalla de un smartphone o clickeaba un link en una tablet o computadora, el gobierno podía saber qué estaba tocando. Con el coronavirus, ahora también quiere saber la temperatura del dedo y la presión sanguínea debajo de de su piel.

El uso masivo de esas técnicas permitirá en un futuro cercano que gobiernos y corporaciones sepan si una persona está enferma, antes que la propia persona, y dónde y con quiénes estuvo. En tiempos de crisis, reconoce, estas tecnologías acortan drásticamente el tiempo para detectar cadenas infecciosas e incluso cortarlas de plano. Eso es maravilloso, reconoce, pero puede legitimar un temible sistema de vigilancia en el que gobiernos y corporaciones no sólo podrán saber las preferencias políticas de un ciudadano, sino también sus reacciones emocionales al mirar, por ejemplo, un videoclip, lo que les permitirá vigilarlo y manipularlo mejor.

En una crisis como la actual, ciertas herramientas permiten acortar drásticamente la detección de cadenas infecciosas, pero también pueden legitimar que en el futuro gobiernos y corporaciones vigilen no sólo las preferencias políticas de los ciudadanos sino que también puedan conocer y manipular las reacciones emocionales de los ciudadanos.

“El enojo, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos, como la fiebre y la tos. La misma tecnología que identifica un estornudo puede identificar una sonrisa. Si los gobiernos y las corporaciones empiezan a acumular nuestros datos biométricos en masa, llegarán a conocernos mejor que nosotros mismos y podrán no sólo predecir nuestros sentimientos, sino también manipularlos y venderlos, lo que quieran: sea un producto o un político”, dice un pasaje, y sitúa un imaginario 2030 en Corea del Norte, en el que el gobierno, obligando a los ciudadanos a usar pulseras biométricas las 24 horas del día, sabe al instante de la furia de alguien ante una determinada frase o gesto de “el gran líder”.

Como ejemplo de la tendencia de los gobierno a extender emergencias, Harari recuerda que su propio país, Israel, aún no abolió las leyes de emergencia de 1948, durante la guerra de Independencia. "Incluso si las infecciones de coronavirus se reducen a cero” -señala- "algunos gobiernos hambrientos de datos" mantendrán la vigilancia biométrica por si surge algún nuevo virus. La batalla de la privacidad puede perderse, dice, porque cuando hay que elegir entre privacidad y salud, habitualmente se elige la salud.

Ese planteamiento, dice, es la raíz del problema, porque es un falso dilema. Mejor que parar el coronavirus con sistemas de vigilancia totalitarios, plantea, es hacerlo empoderando a los ciudadanos, como hicieron Corea del Sur, Taiwán y Singapur, que usaron mecanismos de trazado de ciudadanos, pero se apoyaron mucho más en el testeo masivo y el reporte voluntario de una ciudadanía bien informada y dispuesta a cooperar. Según Harari, cuando a la gente se le dicen los hechos científicos y la gente confía en las autoridades que se lo dicen, puede hacer lo correcto sin que el “Gran Hermano” la vigile. “Un pueblo motivado y bien informado es mucho más poderoso y efectivo que un pueblo vigilado e ignorante”.

Como ejemplo, cita el lavado de manos, “uno de los más grandes avances en la historia de la higiene”, que salva millones de vidas cada año, pero cuya importancia fue descubierta comenzado el siglo XIX, al punto que antes ni siquiera médicos y asistentes sanitarios se lavaban las manos incluso después de una operación. Gente bien informada se lava las manos, dice, porque entiende porqué debe hacerlo.

Uno de los problemas, añade, es que para lograr esa cooperación “la gente necesita confiar en la ciencia, confiar en las autoridades públicas y confiar en los medios”. Pero, se lamenta, “políticos irresponsables han deliberadamente socavado la confianza en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios”. Ahora, prosigue, “esos mismos políticos irresponsables podrían estar tentados de tomar el camino del autoritarismo, argumentando que no se puede confiar en que la gente haga lo correcto”.

Un plan global

En cuanto a la opción entre aislamiento nacionalista y solidaridad global, Harari afirma que así como la pandemia y la crisis económica resultante son “problemas globales”, sólo pueden ser resueltos mediante la cooperación global. Para ello, sigue, es necesario compartir la información, que define como “la gran ventaja de los humanos sobre un virus”.

En ese sentido, llama a confiar más en la información que aporten los científicos y expertos en salud más que en las teorías conspirativas y políticos autoreferenciales. Como ejemplo de cooperación cita la distribución, basada en la información sobre las diferentes situaciones de los países a medida que pasan las semanas, no sólo de información, sino también de equipamiento médico e incluso de médicos, lo que requiere un acuerdo global sobre el movimiento de pasajeros, para permitir el desplazamiento de “viajeros esenciales”, mediante un sistema de monitoreo de los mismos, de modo que quienes viajen no teman compartir travesía con otros pasajeros.

En cuanto al frente económico, Harari apunta que "dado el carácter global de la economía y las cadenas de aprovisionamiento, si cada gobierno actúa por las suyas ignorando a los demás, el resultado será el caos y una crisis económica más profunda". Por eso, dice, se necesita "un plan global”.

Desafortunadamente, no es lo que está sucediendo, ya que una “parálisis colectiva” se apoderó de la comunidad internacional. Ejemplo de eso es que el G7 apenas logró organizar un videoconferencia la semana pasada, de la que no surgió plan alguno.

Al respecto, Harari critica severamente al actual gobierno de EEUU. En crisis previas, recuerda, como la financiera de 2008/09 y la epidemia de Ébola de 2014, EEUU asumió ese rol, que Donald Trump abdicó, dice porque “le importa más la grandeza de América que el futuro de la humanidad”.

Incluso si EEUU cambia de enfoque, dice Harari, será difícil coordinar un plan global con un líder “que nunca se hace responsable, que nunca admite errores y que usualmente se atribuye todos los méritos a sí mismo y la culpa a los demás”. "Si el vacío que dejó EEUU no es llenado por otros países no sólo será más difícil parar la epidemia, sino que su legado será envenenar las relaciones internacionales por muchos años", señala.

Cada crisis es también una oportunidad y es posible que la actual epidemia ayude a la humanidad a entender el agudo peligro de la falta de unidad global, concluye Harari, quien plantea la opción entre “recorrer la ruta de la desunión o adoptar el camino de la solidaridad global; si elegimos la desunión no sólo se prolongará la crisis, sino que habrá otras peores en el futuro. Si elegimos la solidaridad, no sólo lograremos la victoria contra el coronavirus, sino contra futuras epidemias y crisis que puedan amenazar a la humanidad en el siglo XXI".

Fuente: Infobae Economía
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miércoles, 18 de marzo de 2020

David Sekiguchi: "Hubo una transición de la mirada liviana del coronavirus a darse cuenta de que tendrá un gran impacto"


David Sekiguchi vive en Estados Unidos desde 1990. Ese año viajó para estudiar el doctorado en Economía en la Universidad de Chicago. Y desde entonces trabaja en el sector financiero. Primero hizo carrera en los bancos JP Morgan, donde fue Jefe de Estrategia para América Latina, y en el Deutsche Bank, donde se desempeñó como Managing Director y Jefe Global de Estrategia de Mercados Emergentes. En 2005 formó QFR Capital Management, un fondo donde maneja inversiones en mercados emergentes.

¿Cómo ve al sistema financiaron global en este contexto de temor por la expansión del coronavirus?

La economía mundial está ya hace mucho tiempo en un crecimiento entre débil y mediocre. El año pasado fue de mucha preocupación, en particular por la desaceleración en Asia y por la tasa de crecimiento más baja en China. Es imposible sostener una tasa de crecimiento tan elevada. Esto se estaba trasmitiendo a Europa, que tuvo una segunda mitad del año muy floja. La gran tendencia era la de una economía mediocre, con Estados Unidos liderando las economías avanzadas, pero con un crecimiento relativamente bajo, de menos de 2%. Tampoco había mucho margen de los gobiernos para generar estímulos fiscales. Esto llevó a problemas políticos en todos lados, con aumento del populismo de derecha o de izquierda. Como en la Argentina, esto lleva a que sea muy difícil generar consenso de políticas económicas. El bajo crecimiento había provocado el aumento de tensiones sociales y de las frustraciones de la gente al no cumplirse las expectativas. El ejemplo más claro en nuestro vecindario es Chile donde, si bien ha sido un éxito en cuanto a su rendimiento económico, se generó un nivel de frustración y de falta de apoyo político apenas comenzó a mermar el crecimiento.

En este contexto irrumpe la expansión del coronavirus.

No está claro cuál puede ser el peor escenario. Primero se intentó evitar la expansión y eso falló. Ahora se trata de mitigar y minimizar los costos en el futuro. No está claro cuánto durará, si es un shock temporario o más permanente. Las recesiones en 1998 y 2008 fueron básicamente industriales, del sector manufacturero, lo que permitió salir rápido, ya que el sector de servicios se mantuvo más o menos indemne. En las economías de nivel medio a alto, el sector de servicios es bastante más importante que el industrial. Esto permitió que las crisis hayan sido más acotadas, si bien hubo momentos malos para la economía mundial. Ahora hay dudas, porque más allá de una recesión más corta o más larga, del sector industrial, podría haber una recesión en los servicios, justamente por la naturaleza de los miedos que genera: la gente sale menos, consume menos, va a menos eventos sociales. Esa posibilidad es más preocupante. Aunque sea un shock temporario, puede tener efectos permanentes en términos de préstamos bancarios a restaurantes o a pymes, que tienen que cerrar porque los trabajadores no pueden ir a trabajar, como ha pasado en China. Si la persona o la empresa no pueden hacer el pago de intereses por algunos meses, ¿habrá algún plan de los gobiernos que permita no caer en préstamos morosos, que después tengan efectos sobre el sistema financiero? En Italia, por ejemplo, hay un sistema financiero con mucho estrés. Si empiezan a aumentar la morosidad, ¿qué pasará? ¿El Banco Central Europeo hará un programa para apoyar eso? El gobierno italiano tiene muy poco espacio para hacerlo. Son preguntas que empezaremos a ver cómo se resuelven en las próximas semanas. Esta incertidumbre misma es la que genera los problemas en los mercados financieros, que tienen su impacto en la economía real, como pasó con el petróleo.

¿Cuándo arranca esta visión tan negativa de las proyecciones económicas?

La ruptura del equilibrio entre los países petroleros fue muy importante. Es una de estas piezas del dominó que van cayendo. Pero toda la semana anterior habían sido de una volatilidad extrema, como no se veía desde 2008 y 2009. Esto ya venía tomando cuerpo, y en parte llegó a causa de la transición desde una visión un poco liviana sobre el coronavirus hacia el darse cuenta de que puede tener impactos más grandes, o de que no sabemos cuáles serán las consecuencias del Covid-19. En China da la impresión de que están teniendo éxito para terminar con la expansión del virus, lo que puede ser engañoso. El éxito de China dio origen a la versión de que se trata de un ciclo de dos meses, porque los primeros casos de coronavirus aparecieron en diciembre y el pico de contagiados se dio el 14 de febrero. A partir de entonces, comenzó a caer el crecimiento del número de nuevos infectados de forma bastante rápida, Y ahora la situación está mucho más bajo control. En el resto del mundo estamos entrando en el ciclo que tuvo China en diciembre. Probablemente tengamos estos sustos en todos los países. La semana pasada fue de concientización de que esto es un problema del cual no conocemos el límite, pero sí que excede a China.

¿Se puede comparar esta crisis con 2008? Hay muchos países con mucho déficit fiscal, como Estados Unidos, ¿hay espacio para brindar asistencia económica?

La tasa de interés es de casi 0% o incluso negativa en la mayor parte de los países desarrollados. Esto permite que se pueda tomar deuda a costos muy bajos. Probablemente el Gobierno destine programas a apoyar situaciones como la de un restaurante que no tiene clientes y que, por lo tanto, no puede pagar el alquiler. Después habrá que ver qué tan efectivos son esos programas, pero hay consenso respecto de que se justifica una expansión fiscal relativamente grande. La política monetaria no necesita pasar por el Congreso, está muy concentrada en los bancos centrales y se termina usando casi por falta de opciones. No es una política que resuelva problemas de crecimiento de largo plazo y mucho menos problemas epidemiológicos. Si la gente no quiere ir a un restaurante o a un cine, una política monetaria expansiva generará muy poco impacto.

¿Cómo afecta todo esta situación a la Argentina? La crisis encuentra a la bolsa de Estados Unidos en niveles récord, pero nuestro país está en recesión desde hace dos años.

Hay un tema que tiene que ver con el precio de las commodities. Por ejemplo, para Vaca Muerta, la caída del valor del petróleo es un golpe durísimo, porque era una de las promesas de generación de recursos más importante para los próximos años. La demanda en general hizo bajar también los precios de los granos. Hay que ver cuánto dura la caída del consumo. Y también está el efecto financiero, en un momento en el cual los mercados de crédito están bajo mucha presión.

¿Cómo impacta esto en la reestructuración de la deuda?

Por un lado será más difícil tener un exit yield -rendimiento después de la reestructuración- más bajo, y eso aumenta el valor presente para los inversores que quieren entrar en la reestructuración. Por el otro lado, el exit yield ya subió y bajaron los precios de los bonos de la Argentina. Al hacer esto, no está claro que el efecto neto sea tan negativo para la reestructuración en sí. El Gobierno se ha tomado tal vez demasiado tiempo en definir una estrategia. La demora en la reestructuración ha sido muy costosa, pero hay espacio para llegar a un acuerdo. Todavía la mayoría de los tenedores de la deuda argentina tiene bastante interés en llegar a un acuerdo, a diferencia de lo que en su momento había sido un mercado en el que tenían más peso los fondos más litigiosos.

Si sigue cayendo la cotización de los bonos, ¿pueden entrar los fondos más litigiosos o fondos buitres, como se les dice en la Argentina?

Sí, aumenta el atractivo. El punto es que en la parte económica, el impacto no es ambiguo, es negativo por todos lados. Para la reestructuración de la deuda es un poco más ambiguo, porque si se hace una oferta más razonable, la caída de precios puede ayudar a que entren más inversores. Lo que está pendiente es una propuesta o un plan económico más concreto del Gobierno, que tal vez lo guarden como algo estratégico para negociar, o tal vez no lo tienen definido.

¿Cuáles son las ventajas de no mostrar el plan económico?

No sé cómo lo piensa el Gobierno, pero puede ser que piensen en un escenario en el que se muestre más limitado en cuanto a las medidas o a los esfuerzos, para aumentar así las chances de que los inversores acepten una quita más grande y una postergación del pago de la deuda para dentro de unos años. Eso es una estrategia posible en una negociación. Creo que hubo algunos errores durante la negociación, como la forma en que se planteó la deuda de la provincia de Buenos Aires. Esta demora creo que también ha tenido un costo. El Gobierno tenía una muy buena posibilidad de renegociar, incluso antes de tomar el poder el 10 de diciembre, y esta demora lleva a estar en situaciones mucho más inciertas como ahora.

¿Por qué cree que hubo una demora? ¿Podría tratarse de que, al ser una coalición gobernante tan dispar, deben negociar primero internamente?

Eso pasa a ser un análisis político y no soy la mejor persona para hacerlo. Vemos que hay algo que se da en todo el mundo, pero que es muy característico de la Argentina y nos ha costado muchísimo: la falta de capacidad para generar consensos. Como país, se puede tener la capacidad de decir a qué demandas se les dice que no, pero todas las demandas parecen ser de vida o muerte; nada se puede conceder, todos los sectores tienen posiciones muy fuertes y con poca capacidad de ir haciendo negociaciones y vayan cediendo un poco para llegar a soluciones que sean las mejores para todo el país. Eso ha sido un problema argentino de muchos años. El tema de la deuda es un ejemplo más de eso.

¿La Argentina podría volver a crecer luego de la reestructuración?

No alcanza con eso. Si vemos el pasado, ni siquiera es una condición necesaria. Se ha dado un crecimiento rápido con deuda en default, pero el tema de la deuda es solo una parte pequeña. La Argentina ha decidido, como sociedad, tener un estado mucho más grande, que hace más difícil el crecimiento. Hace más fácil la redistribución, pero el sector público crece más lento que el sector privado en casi todo el mundo. La discusión sobre el crecimiento va más allá de la reestructuración de la deuda.

¿A qué personajes del siglo XX admira?

  • Norman Borlaug, agrónomo (Estados Unidos)
  • Jacob Bronowski, matemático (Polonia)
  • William James, filósofo (Estados Unidos)
  • Martina Navrátilová, tenista (República Checa)
  • Obdulio Varela, futbolista (Uruguay)
  • Jawaharlal Nehru, exprimer Ministro (India)

Sofía Diamante
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lunes, 16 de marzo de 2020

Más plataformas digitales y menos primeras citas: el coronavirus y sus efectos colaterales

 Fuente: Reuters

El primer mensaje desde la Universidad de Shangai llegó a fines de enero, cuando el físico argentino Pablo Groisman estaba armando las valijas para ir a dar un curso de "análisis complejo". El ciclo que debía comenzar el 3 de febrero, informaba el correo electrónico, se postergaba una semana. El segundo mail lo reagendaba para el 17 de febrero, y la tercera comunicación establecía que el seminario directamente se haría online.

"Tuvimos dos semanas para armar todo en forma remota, con poca o ninguna experiencia en el tema -cuenta Groisman-, finalmente optamos por una plataforma que nos facilitó la Universidad de Nueva York (NYU, asociada en el programa a la de Shangai, que sigue con sus puertas cerradas), con el desafío de que la experiencia fuera lo más cercana posible a la presencial. Eran herramientas que hace años estaban disponibles y nadie las usaba. Con varios optamos por el ' voice thread ', algo parecido a un hilo de Twitter pero con videos, audios, participación de alumnos, referencias a investigaciones, etcétera".

La experiencia viene muy bien y Groisman, también investigador del Conicet, piensa incorporar varias de las modalidades a sus clases en la Facultad de Ciencias Exactas en la UBA: "Por ejemplo, el feedback de las tareas, que se vuelve mucho más rico que lo habitual de ponerles alguna nota escrita en la hoja que entregan los alumnos", dice.

Además del cataclismo económico que provocó en los últimos días (un golpe durísimo y ajuste inmediato en sectores como el turismo, los eventos y los recitales), el coronavirus está teniendo efectos masivos e impensados en algunas avenidas tecnológicas que ya estaba desarrolladas, pero que por distintos motivos no habían llegado a un punto de quiebre hacia una trayectoria de crecimiento más explosivo. "Hay un mundo reseteado en 2020, por las elecciones de los Estados Unidos pero, fundamentalmente, por el coronavirus", explica Rebeca Hwang, ingeniera e inversora argentina, profesora de Stanford y especialista en innovación.

La expansión de la pandemia bien podría ser un "cisne microscópico" (por el Cisne Negro , de Nassim Taleb, que refiere a un hecho inesperado y de consecuencias enormes), así como el economista argentino Romain Svartzman, del Banco de Francia, acuñó el término "Cisne Verde" para referirse a un evento de similares características en el terreno del cambio climático.

Para Hwang, hay un factor externo que mueve tecnologías a un nuevo equilibrio, del cual es difícil que se vuelva. Los beneficiados inmediatos: todas las plataformas para realizar tareas (trabajo, educación, atención médica, gimnasia) en forma remota: (Zoom, Platoon, etcétera). Hwang vive en Silicon Valley y se sorprendió al ver completamente vacíos todos los ámbitos que frecuenta. "Esto no pasó con otras crisis anteriores; por lo general es un lugar inmune a estos meteoritos. Creo que, en parte, hubo más empatía con el riesgo porque la viralidad (los fenómenos que crecen exponencialmente) es algo central del idioma y de la psicología de las empresas de tecnología del valle: hay un punto de contacto cercano entre cómo se comporta el coronavirus y los videogames y otros productos digitales que salen de aquí", especula.

En la Argentina hay varias empresas aprovechando esta tendencia. Mural (antes Mural.ly), una plataforma para realizar "mapas mentales" grupales y trabajo colaborativo había logrado a fines de enero levantar 23 millones de dólares de inversores. Mariano Suarez Battan, CEO de la empresa, muestra cómo en la última semana se empinó la curva de descargas de su software. "Para muchas empresas antes el trabajo remoto era una opción, ahora lo es menos. Es raro que hoy una ocupación sea 100% presencial o 100% remota; por lo general hay una escala, cuyo punto ahora se corre. Sigue siendo difícil mantener un equipo grande motivado con alta energía solo a través de una pantalla; hay una curva de aprendizaje a veces empinada. Pero es un músculo que empiezas a usar, a entrenar, y luego tienes más a mano", cuenta desde su casa cercana a San Francisco, donde se instaló hace seis años y medio.

Los corona-boomers

A pedido de sus clientes, la firma argentina de tecnología Globant también armó en pocos días una oferta de nuevos productos para trabajo remoto y colaborativo. Guibert Englebienne, uno de los directivos y fundadores de la compañía, recuerda otro factor exógeno que terminó provocando una explosión del negocio del software: "En su momento la urgencias del Y2K (el "virus del milenio") llevó a que muchas corporaciones descubrieran el talento de programadores de la India y ese fue el combustible de muchos negocios que vinieron después".

La historia de la innovación está llena de eventos externos que sirven para acelerar los tiempos. El epidemiólogo Fernando Polak menciona el primer viaje a la luna como un vector clave para muchos avances médicos que se dieron a posteriori en el campo de la infectología. La penicilina, los radares, los helicópteros y la energía nuclear, entre otras invenciones, le deben su existencia a la Segunda Guerra.

Una de las historias subestimadas en este terreno está contada en el libro The Box (La Caja), en el cual el periodista del The New York Times Marc Levinson narra cómo el comercio mundial cambió radicalmente con la invención del container. Fue gracias a la iniciativa de Keith Tantlinger, un ingeniero nacido en 1913 en Orange, California, en una familia de granjeros. Tantlinger inventó los contenedores, con un sistema homogéneo de carga y descarga para trenes y camiones, lo cual redujo en forma drástica el costo del transporte por mar y cambió el mapa económico global.

Para el autor, no fueron Internet, ni el libre flujo de capitales financieros ni los contenidos de Hollywood los factores más influyentes en el proceso de globalización, sino esta ocurrencia mucho menos glamorosa y poco cool. Las "cajas grises" de metal de Tantliger se masificaron en los 60 y en los 70, y a partir de allí la tasa de aumento del comercio mundial comenzó a crecer por encima de la del PBI planetario.

Como sucede con toda ruptura innovadora, los comienzos fueron arduos. Malcolm McLean, el emprendedor y magnate que contrató al ingeniero de Orange, debió pulsear con los sindicatos de los puertos, con la corrupción de las aduanas y con una amplia red de intereses económicos y políticos que vivían del anterior statu quo ineficiente y se oponían al cambio. Fue la urgencia por enviar material de guerra a Vietnam lo que terminó por coronar la eficacia del container. De nuevo: un factor exógeno promueve una innovación que ya existía pero a la que le costaba arrancar. Y más tarde ya no hay vuelta atrás.

Esta semana en redes sociales explotó la discusión entre economistas sobre "efectos de segundo orden" (o de un orden mayor) del Covid-19. El divulgador canadiense Shane Parrish (de The Knowledge Project) la propuso en Twitter y de allí surgieron en primera instancia los sectores ganadores y perdedores de la economía.

Y hay otras carambolas menos obvias: un boom de nacimientos de bebés en diciembre (por la cuarentena de ahora: la generación corona-boomers), menos contaminación, reemplazo casi total de turismo internacional por turismo doméstico y de lugares cercanos, y menor intensidad de uso de plataformas de citas. El profesor de Economía de John Hopkins Matthew Kahn, dada la reticencia a la interacción cara a cara, analiza el virus como un equivalente a un "impuesto a la primera cita".

Sebastián Campanario
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lunes, 9 de marzo de 2020

Sobredosis de cambio: ¿y si lo más importante y subestimado es lo que va a seguir igual?

Crédito: Shutterstock

Último momento: ¡Parece que la cosa va a seguir más o menos igual que hasta ahora! ¡Extra, extra: no se esperan grandes cambios! ¡Urgente: lo mismo de siempre por varios años más, no va a pasar nada, tranca palanca!

Hay que reconocer que los titulares del primer párrafo no son muy tentadores para entrar a leer un artículo. Para el emprendedor Carlos Miceli, sin embargo, se acercan más a la realidad que el discurso dominante de "disrupción masiva e inminente" que predomina a nivel corporativo.

Así lo explica: "Hay cuatro actores que mueven esta agenda de que el cambio se viene 'ya, ya, ya', que les es funcional y, por lo tanto, no son objetivos. Por un lado, para conseguir financiamiento, los emprendedores deben vender que la disrupción va a ocurrir en un horizonte de menos de cinco años, porque sino nadie les presta plata. Los inversores están en el mismo barco: necesitan que todo sea urgente. En los medios, las narrativas que venden son las que captan atención, las que generan miedo, las que agitan. Y por último, desde el Estado también hay un incentivo a promover que el momento bisagra tiene a un gobierno de turno como protagonista, cuyo mandato dura solo cuatro años, con lo cual también hay una tendencia a resaltar la urgencia".

Miceli fue años atrás el primer argentino en obtener la ciudadanía digital de Estonia, participó de startups en varios países y en la actualidad se dedica a promover viajes de empresarios a la exrepública de la Unión Soviética, una suerte de oasis tecnológico. "Todo se complementa con conferencias empresarias, historias en los medios y libros de divulgación donde la innovación manda, pero se trata de predicción y agenda atada al incentivo del que la promueve, a veces con escasa evidencia de qué ocurre", plantea el emprendedor.

En economía del comportamiento, la rama que mezcla las enseñanzas de la economía con las de la psicología, hay un error bautizado como "sesgo proinnovación": exceso de foco en lo que cambia (que además es valorado en forma positiva) y subestimación de lo que sigue igual (con tinte negativo). Uno de los que suele remarcarlo es el fundador y CEO de Amazon, Jeff Bezos. Cuando los periodistas le preguntan por sus pronósticos de aquí a diez años, prefiere centrarse en lo que va a permanecer inalterado, para orientar ahí su modelo de negocios. En el caso de Amazon, Bezos cree que "la gente va a seguir queriendo las cosas cada vez más rápido y eso no se modificará". ¿Con qué tecnología lo logrará? Eso se verá. Y tiene el mejor equipo para determinarlo.

Además del sesgo proinnovación, la bola de cristal tiene otros errores sistemáticos que la vuelven más opaca para pensar en escenarios futuros de manera objetiva. Estos son algunos:

Sesgo de "momento bisagra". Es la tendencia a pensar que la historia de la humanidad se divide en un antes y un después de nosotros. Los libros de historia muestran que es una sensación dominante en todo momento, en siglos pasados y en este. Está asociado al "exceso de autoconfianza" y al ego desmedido.

Exceso de tecnología. En el diseño de futuros se tiende a sobreestimar el cambio tecnológico y a subestimar el efecto de otros tipos de cambio (social, cultural, demográfico, climático, etcétera). Relacionado con esto, el hecho de que nuevas tecnologías estén disponibles no asegura una difusión masiva e inmediata, porque a los tiempos de este proceso los marca la validación social. Es, como dice el economista, docente e investigador Walter Sosa Escudero, como la velocidad de la luz a la velocidad general: el límite de la velocidad a la cual puede ir el cambio.

Focos estridentes. En varias avenidas narrativas hay "focos" que se llevan casi toda la atención: en el campo de la inteligencia artificial, la "singularidad"; en el del trasporte, los vehículos autónomos; en el de la medicina, la vida por cientos de años. Estos "agujeros negros de atención" suelen distraer la mirada de pasos intermedios e igualmente disruptivos. Por ejemplo, a nivel médico estamos lejos de poder vivir 800 años, pero mucho más cerca de tener más décadas en plenitud física y cognitiva.

Anclajes incorrectos. Hay determinados relatos de futuro en los que, por su complejidad, se suele caer en comparaciones con lo que ya conocemos. Es la forma más fácil que tenemos de procesarlos. Por ejemplo, a la inteligencia artificial se la "antropomorfiza", se especula con cuándo se va a parecer a la humana, o con cuándo un algoritmo consigue derrotar al campeón humano en un nuevo juego. Y lo más disruptivo, según el tecnólogo Marcelo Rinesi, está llegando por otro lado. A la computación cuántica se la suele "contar" con base en la computación tradicional, cuando se trata en realidad de dos especies completamente distintas y poco comparables.

Narrativas débiles. Es lo opuesto de los focos estridentes; es decir, tecnologías muy disruptivas, pero que aún no encontraron buenas metáforas para ser divulgadas, y entonces se vuelven áridas para narrar. Pasa con el mundo cuántico, con blockchain (no con las criptomonedas, sino con toda la arquitectura de software que está detrás) y con algunas zonas de la biotecnología.

Disonancia entre lo individual y lo colectivo. El 99% de los casos de emprendedurismo (y empresariales en general) que se cuentan en los medios y en libros de management son de éxito. Nadie quiere salir dando detalles de su fracaso. Lo que el ensayista e investigador Nassim Taleb llama "evidencia asimétrica". Por el contrario, las historias colectivas tienen el sesgo opuesto: rinden más los escenarios distópicos (el fin del empleo, etcétera). El mundo en su conjunto no tiene un aparato de relaciones públicas que mejore su imagen. Esto produce un choque de enfoques, con historias de éxito espectaculares a nivel individual y de fracaso a nivel colectivo, que exacerban la ansiedad por el cambio. Envidia y sensación de estar perdiendo el barco en el primer caso; miedo en el segundo.

Efecto silo. Las miradas a futuro que involucran una sola disciplina (economía, sociología, etcétera) son cada vez más miopes, porque el mundo se comporta como un sistema complejo, en el sentido matemático del término. Siempre lo fue, pero con la revolución digital este fenómeno se exacerbó, según remarca el profesor de la Universidad de San Andrés (Udesa) Fernando Zerboni, que viene estudiando en profundidad los efectos de la teoría de redes en el mundo de los negocios. Las miradas menos sesgadas sobre el futuro pasaron a ser multidisciplinarias.

Para Miceli, hay una conciencia creciente y crítica sobre esta visión dominante del "cambio inminente" y de la coronación de la "innovación" a cualquier costo.

El propio concepto de venture capitalism (capital de riesgo) está siendo cuestionado "y hay incubadoras como Indie.vc que acompañan a las startups de otra forma, sin la presión de escalar 10X en el corto plazo". El emprendedor, que reparte su vida entre Buenos Aires y Tallin, la bella capital de Estonia, destaca que en el surf es tan arriesgado y peligroso subirte a una ola antes de que esté en su momentum como hacerlo después. En la divulgación de innovación, sin embargo, todo el foco está puesto en los segundos casos: Kodak, Blockbuster o la industria de relojes suizos, que en 2019 vendió menos aparatos para dar la hora, en conjunto, que una sola empresa: Apple.

Sebastián Campanario
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lunes, 17 de febrero de 2020

Default ambiental: ¿Los economistas corren de muy atrás al cambio climático?

Crédito: Shutterstock

En la literatura de impuestos, habitualmente farragosa para los no especialistas, hay un término que se popularizó para describir la carga tributaria de un país, provincia o ciudad: el día de la liberación de impuestos o de la independencia fiscal. Señala el momento hipotético del año (en la Argentina es a finales de julio) en el que una persona "deja de trabajar" para pagarle al fisco y comienza a hacerlo para su beneficio.

La más reciente "economía del cambio climático" (CC) tomó prestado el concepto. Desde hace cinco años la red Global de Huella Ecológica viene calculando el "Día de sobregiro ambiental" o de default ambiental: el momento del año en el cual hipotéticamente el planeta gastó todos los recursos que generará en el año y comienza a vivir "de prestado" (de las futuras generaciones). En 2019 la fecha fue el 29 de julio, la más temprana de la historia (en 2018 había sido a inicios de agosto), lo cual implica que harían falta 1,75% planetas para producir lo suficiente para las necesidades de la humanidad de forma sustentable.

El indicador une el mundo de la economía con el del cambio climático, en un puente todavía muy angosto para la magnitud del problema. Un reciente reporte de los economistas ingleses Andrew Oswald y Nicholas Stern asegura que esta profesión "viene permaneciendo notablemente callada" frente a lo que puede considerarse el mayor desafío de política pública de estos tiempos. Oswald es un académico de muy alto perfil mediático, que en su momento tuvo mucha repercusión con sus estudios sobre economía de la felicidad. Lo que hizo con Stern fue relevar miles de artículos del Quarterly Journal of Economics, la revista académica más citada en la profesión de Adam Smith y Keynes, para descubrir que ni uno solo trata el tema de cambio climático.

A pesar de que el problema básico del cambio climático -el exceso de emisiones de dióxido de carbono- es de incentivos económicos, "los economistas estamos decepcionando (por la poca investigación) al mundo y a nuestra descendencia". Oswald y Stern argumentan que en los últimos 50 años los investigadores de las Ciencias Naturales hicieron su trabajo demostrando que el problema existe y es grave. Pero que ahora la pelota está en el campo de las Ciencias Sociales: cómo hacer para coordinar esfuerzos a una escala nunca vista (las referencias en esta literatura son al "New Deal", al "Plan Marshall" o al "Programa Apolo") para llegar a tiempo con alguna solución.

La economía tiene una tradición en "llegar tarde" a muchas de las megatendencias que se desplegaron en los últimos años. Pasó con la disrupción tecnológica, la inteligencia artificial y el debate de género: los tiempos académicos son más lentos que estas olas de cambio, y la disciplina tiende a quedar en offside.

Oswald y Stern creen que se encuentra encerrada en un "mal equilibrio de Nash", en el cual los investigadores, presionados a publicar a toda costa, eligen temas para agradar a los lectores y, como nadie escribe sobre cambio climático, las posibilidades de tener éxito con un paper de esta temática son menores. Hace falta que editores y jefes de departamentos "muevan" el punto de equilibrio con los incentivos adecuados para que la maquinaria arranque.

Al menos por el lado de la opinión pública, hay indicios de que la crisis climática, después de desastres como el del Amazonas o Australia, tiene chances de imponerse como "la gran narrativa" de 2020 (y, por lo tanto, acelerar motores en la economía y en otros ámbitos en donde se encuentra relegada en relación a su entidad). En el reciente Foro de Davos fue un tema central de agenda, con CEO de grandes fondos de inversión afirmando que los mercados financieros van a "adelantar" más temprano que tarde el riesgo y, por lo tanto, van a generar mayores incentivos a políticas ambientales. Días atrás, The Guardian, el diario inglés, anunció que dejó de recibir publicidad de empresas petroleras.

"El estudio de Oswald y Stern tiene un sesgo de "herry picking" -búsqueda de evidencia adecuada para apoyar un argumento y omisión de la restante-, es muy limitado circunscribir el interés de los economistas a lo publicado en un journal", dicen a LA NACIÓN desde el Programa de Derecho, Economía y Comportamiento de la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. "Hay un Nobel reciente sobre el tema (William Nordhaus, de Yale, que lo ganó en 2018 junto a Paul Romer) y mucha investigación", agregan.

Nordhaus es el pionero: viene alertando sobre el cambio climático (y sus crecientes costos asociados) desde 1974, cuando muy pocos lo hacían, en cualquier profesión. Su modelo (DICE) de equilibro para el crecimiento de largo plazo que incluye el CC es el más usado hoy en día en este campo académico emergente.

"Creo que hay mucha investigación en economía sobre el cambio climático, aunque es cierto que la literatura económica es menos frondosa que la de los científicos que se dedican a estudiar los fenómenos naturales", cuenta a LA NACIÓN Mariana Conte Grand, de la Ucema, una de las muy pocas especialistas en la Argentina sobre economía ambiental.

Los costos posibles

La profesión, continúa Conte Grand, destrozó en su momento el Reporte Stern, de 2006, que afirmaba que los costos de la crisis climática rondarían a valor presente entre un 5% y un 20% del PBI global y que el costo de accionar para evitarla estaba en el orden del 1%. Las estimaciones de costos de la profesión se ubicaron hasta el año pasado más cerca de un promedio del 2% del PBI global, pero este número está subiendo. Stern dijo meses atrás que si él y su equipo hubieran tenido los datos que aparecieron luego de su informe, la estimación habría sido más alta.

Según la economista de Ucema, hoy se da una discusión entre quienes creen que no hay otra opción que decrecer y vivir en una sociedad más simple; los partidarios de "crecer verde" y los que dicen que el crecimiento no es lo relevante, sino el "desarrollo sostenible".

"El problema es cómo definimos este último concepto", destaca.

La otra gran avenida de la literatura es cómo coordinar esfuerzos en un mundo cada vez más fragmentado y en el que buena parte de los costos ambientales se imponen como externalidades desde los países ricos a los menos desarrollados, con lo cual la problemática está atravesada por debates distributivos.

El propio Stern, junto a los economistas Richard Layard, Gu O'Donnell y Adair Turner vienen postulando la necesidad de un "Programa Global Apolo", para llegar a tiempo a mitigar y, eventualmente, a frenar el problema. A valores presentes, poner a hombres en la luna en 1969 costó unos 15.000 millones de dólares por año durante una década. Este grupo de economistas cree que la clave pasa por llegar al punto de quiebre en el cual la energía limpia resulte más barata que la basada en hidrocarburos: "Esta es una dificultad científica, que se puede atacar en un horizonte de diez años con los recursos adecuados", argumentan.

Esta señal concreta de mercado, sostiene este equipo, es la última manera de resolver el problema de equilibrio intertemporal: cuánto estamos dispuestos a sacrificar en el presente para que se beneficien generaciones futuras. Como sostiene el tecnólogo Marcelo Rinesi, la crisis climática y la trasformación demográfica son dos tipos de desafíos que sufren la complejidad de ser, a la vez, "demasiado lentos y demasiado rápidos". Lentos para generar los incentivos políticos y sociales adecuados, y rápidos porque el punto de no retorno -hacia un futuro distópico- está a la vuelta de la esquina.

Sebastián Campanario
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